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Aferrarme a creencias obsoletas me impide ver el presente y construir el futuro

Francisco Miraval

Recientemente tuve un problema con la compañía de seguros de mis automóviles: necesitaba que me enviasen un documento, pero ni siquiera me respondían. Y, como era de esperar, mi frustración comenzó a intensificarse con cada llamado y mensaje sin respuesta.

Básicamente, los llamados telefónicos nunca fueron respondidos y, cuando fui al sitio web de la compañía, no pude ingresar porque la contraseña no era aceptada. Me llevó varios intentos hasta obtener una nueva contraseña y finalmente pude llegar a la sección del sitio web para descargar el documento que yo necesitaba, pero el documento no estaba allí.

Tras buscarlos en varios otros lugares, finalmente decidí hacer lo que yo no quería hacer: llamar por teléfono a servicios al cliente. Luego de una larga espera (demasiado larga), finalmente alguien me respondió y, obviamente, me transfirió a otra persona, que a su vez me transfirió a otra persona. Y por fin logré hablar con alguien que entendió mi problema… y me puso en espera.

Mi frustración estaba alcanzando niveles indeseables. Después de todo, ¿cómo puede ser que algo tan sencillo como descargar un documento se transforme en algo tan complicado? La representante de la compañía volvió al teléfono y me pidió que una vez más explicase mi problema. Y una vez más lo hice, sólo para ser puesto otra vez en espera.

Debo confesar que en ese momento yo ya estuve a punto de terminar la conversación, pero, necesitando el documento, decidí esperar. Y la espera esta vez fue más corta y mucho más directa.

“Sr. Miraval”, me dijo la representante, “la razón por la que usted no encuentra en nuestro sitio el documento que usted busca es que usted ya no hace negocios con nosotros desde hace casi cinco años. Usted cambió de compañía de seguros y ahora está llamando a la compañía equivocada”.

Mi nivel de frustración volvió a elevarse, pero esta vez se dirigió no a la compañía, sino a mí mismo. Le agradecí a la representante por su paciencia y, tras la conversación, me hice la pregunta obvia: ¿Cómo puedo ser tan tonto?

Una respuesta corta sería más larga que esta columna. Pero lo cierto es que mi necedad surgió de dos elementos: aferrarme a una idea o experiencia del pasado y no desafiar la validez de esa idea o creencia.

En el caso de mi experiencia con la compañía de seguros, alguien logró hacerme ver mi error. Por eso, en sólo unos pocos minutos después de esa conversación, pude fácilmente obtener el documento necesario en la compañía correcta.

Pero ¿cuántas otras ideas, creencias, dogmas, credos o ideologías todavía llevo conmigo, sin desafiarlas, aunque ya se han vuelto obsoletas y no solamente son irrelevantes para mi vida presente, sino que incluso resulta peligroso mantenerlas? ¿Y quién puede ayudarme a despertar de mi ignorancia?

Quizá nadie puede ayudarme porque quizá se trate de un proceso interno de autodescubrimiento, el desafío más grande que podemos enfrentar en una época en la que todos nos invita a olvidarnos de nosotros mismos.

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