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La inmadurez individual y colectiva acrecienta las dificultades para resolver problemas

Francisco Miraval

Tras años de observación y autoobservación, honestamente creo que en muchas ocasiones los seres humanos enfrentamos problemas por una de dos razones básicas: o vivimos una vida que no se basa en nuestros sueños, talentos y llamado, o no asumimos la responsabilidad que nos corresponde por los problemas que enfrentamos.

Obviamente, las cosas no son tan sencillas ya que, por una parte, nos vemos constantemente bombardeados por mensajes que nos invitan a dejar de lado nuestra vida y a buscar una supuesta vida mejor y, por otra parte, nos vemos constantemente bombardeados por ejemplos de personas en posiciones de autoridad (desde maestros a políticos) que fácil y rápidamente nos enseñan cómo culpar a otros por los resultados de lo que uno hace.

Aún peor, esa supuesta vida mejor, demostrada habitualmente en la vida de los “famosos”, es sólo una fantasía en la que quedan atrapados aquellos que aparentemente viven esa vida. Quiero decir: el “glamur” desaparece al ir más allá de la alfombra roja y de las fotografías manipuladas y enterarse las situaciones miserables que enfrentan muchos de los “famosos”, a pesar de su dinero y de su fama.

En definitiva, se nos invita a comprar carros, cosméticos, perfumes, vacaciones, relojes, ropa y zapatillas para parecernos a caricaturas humanas, a máscaras, a personajes de ficción, a ilusiones mentales que engañan nuestra mente y nuestro corazón y que, al hacerlo, nos alejan de nuestro propósito y misión en nuestra propia vida.

Nos comparamos con algo que en realidad no existe buscando llegar a ser lo que jamás seremos y luego nos frustramos por no haber alcanzado lo que siempre estuvo más allá de nuestro alcance porque era sólo un espejismo, no una realidad.

Y a eso se suma la constante búsqueda del tradicional “chivo expiatorio” de nuestros problemas, una lista que incluye a todo y a todos, desde nuestros padres hasta Dios y toda otra realidad y persona en el medio. Todos tienen la culpa por lo que nos pasa, menos nosotros mismos.

Obviamente, existen circunstancias que sobrepasan toda decisión personal e incluso toda decisión humana. Pero vivimos en una época en la que no nos hacemos responsables de nada, ni a nivel personal ni a nivel colectivo. “El otro” (el expresidente, la oposición, el jefe o el patrón, el esposo o la esposa, el mecánico, el médico) es el culpable. Nosotros no lo somos.  

Y esa inmadura actitud de esquivar la responsabilidad propia se enseña abiertamente en las escuelas, las iglesias, las organizaciones comunitarias y casi en cualquier otro lugar en el que se oculta el sistema del que formamos parte y, por eso, se busca a “culpables”. (Léase la conocida “lista” alguna vez compartida por Bertolt Brecht.)

Carl Jung decía que los problemas no se resuelven, sino que se los supera madurando, es decir (agrego yo) reencontrándonos con nuestro verdadero ser y, por eso, con nuestro llamado y destino. Y esa tarea sólo se logra mirando seriamente hacia adentro, al interior, con mente, corazón y voluntad abiertos al cambio.

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